Diagnóstico y receta (neo) liberal para la crisis griega

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Programas como el de Syriza no hacen más que abrir un hueco para tapar otro

Autor: Juan David Torres

Publicado originalmente en Las 2 Orillas

 

La república helena ha estado en la palestra pública durante las últimas semanas, luego de haberse agudizado las condiciones para negociar su tercer rescate. La estrategia del primer ministro griego, Alexis Tsipras, y de su exministro de finanzas, el economista rockstar Yanis Varoufakis, les salió por la culata: luego de convocar a un referendo nacional para decidir sobre si apoyar o no la propuesta de la Troika (Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y Comisión Europea) a cambio del rescate por EUR$82,000 millones y, pesar de haber ganado el “όχι” (no) con el 61 % de los votos, el gobierno griego terminó acordando unas medidas iguales o peores a las que originalmente fueron propuestas en discusiones anteriores. De esta manera, la jugada maestra de Tsipras, que no fue más que una amenaza de salir del euro si no se lograba un mejor acuerdo, con sus propios ciudadanos como rehenes en medio del control de capitales, terminó como una capitulación ante las instituciones europeas.

Es una desgracia que esta victoria pírrica sea el único “logro” de Syriza tras seis meses en el poder. Sumir en una nueva recesión a un país que por fin respiraba, creciendo al 0.8 %, con una tasa desempleo decreciente y exportaciones en aumento, es completamente aciago. Lastimosamente, su imagen no les ayuda: el ser una coalición de la izquierda más radical de Grecia espanta a todo el mundo. No en vano han huido más de EUR$42,000 millones desde noviembre del 2014, el comercio y la industria han caído, proliferan las protestas y la inestabilidad política y las expectativas de la gente están en el piso. Grecia sigue fuera de los mercados financieros y difícilmente alguien le comprará bonos del tesoro. Sin embargo, es poco lo que se le puede endosar a Syriza frente a las verdaderas causas estructurales de la debacle helena.

El problema de Grecia no es la deuda, la cual, si no se puede llegar a pagar en su totalidad (como en todos los países), por lo menos se puede reducir su peso como parte del PIB (actualmente 177 %). El país tiene unos de los tipos de interés medio más bajos de la eurozona (2,5 %) y el plazo de vencimiento más largo (30 años grosso modo). Es más, son tan flexibles los intereses que, según el FMI, Grecia se ha ahorrado el 49 % del PIB del año 2013 en el pago total de intereses de la deuda. Ergo, el problema real de Grecia se compone de dos aspectos: primero, que su economía se encuentra sumida en una fuerte recesión (lo cual aumenta el peso de la deuda como parte del PIB), con alto desempleo (25,6 % con tendencia decreciente), pobreza (un cuarto de la población) nula legitimidad en los mercados financieros y unas exportaciones que no despegan. Segundo, que tanto los gobiernos helenos de los últimos años (incluido el actual de Syriza) como la troika, no han implementado, ni proponen implementar, unas políticas fiscales y monetarias de ajuste presupuestario y libertad económica que desprendan al pueblo griego del Estado de Bienestar y le permitan sacar su economía adelante.

Para comprender esto, debemos ir hasta el fondo. Es más, muchos analistas coinciden en que el mismo ingreso a la eurozona en 1998 generó un sinfín de distorsiones en los mercados financieros y de onerosas cargas para la economía griega. Según datos del BCE, a lo largo de los años 90, la expectativa de la entrada de nuevos países a la eurozona llevó las tasas de retorno de los bonos a diez años de economías como Grecia, Italia, España, Irlanda y Portugal a igualarse con las tasas de retorno de economías sólidas como Alemania. Los bonos de Grecia, que en 1993 llegaban a un 24,5 % de retorno, tocaron los mismos niveles de Alemania en el 2001 (4,5 %). Esta tendencia se prolongó a lo largo de los años de la burbuja hasta el 2008, cuando estalló la crisis. De esta manera, Grecia y los demás países que padecieron más la recesión recibieron crédito muy barato durante este periodo (la culpa también es del que presta a alto riesgo). Luego de la crisis, las tasas de retorno de estos países se volvieron a desligar de las de Alemania. Todo esto permitió que la deuda de Grecia aumentara en un 129 % y el gasto público en un 126 % durante el periodo 1998-2008.

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‘Como lo advirtió, Milton Friedman, un proyecto de unión política, que comparte una política monetaria mas no fiscal, terminaría afectando a las economías más débiles.’

Como lo advirtió alguna vez el Nobel de economía Milton Friedman, un proyecto de unión política, como lo es la Unión Europea, que comparte una política monetaria mas no fiscal, terminaría afectando a las economías más débiles. Economías corruptas como la griega, donde hasta el año 2009 se descubrió que el déficit fiscal había sido maquillado por los gobiernos anteriores, con cifras de 12.7 %, cuando este era del 3.7 %. Amén de esto, la evasión fiscal era rampante: uno de cuatro griegos no pagaba impuestos, existían exenciones irrisorias y, en promedio, se declaraban ingresos un 92 % menores a los reales. Peor aún en economías ineficientes como la griega, donde reinan la baja productividad, la dificultad de hacer negocios, la poca libertad económica, la escasa diversidad exportadora y un turismo (15 % del PIB) con bastantes competidores alrededor, impidiéndole ponerse a la par de sus colegas del norte de Europa. Economías con Estados hipertrofiados como la griega, con el 20 % de la fuerza laboral trabajando en el sector público, descomunales salarios para los funcionarios, pensionistas muertos que siguen cobrando y un exorbitante e ineficiente gasto en sanidad, educación y defensa, han vuelto a su población inmensamente dependiente de la tutela del Estado y, a este, un leviatán fuera de control.

Y es que en medio de esta tragedia, de la cual todos son cómplices, el gobierno griego y la misma troika se han valido de unas reformas que, por un lado, no han sido aplicadas correctamente y, por el otro, no coadyuvan completamente a paliar la exangüe economía griega. Lo que se ha obtenido en materia de rescates jamás ha entrado al país, pues se ha dirigido a amortizar a los acreedores. La austeridad ha sido solo para el Estado: desde el 2010, comenzaron los famosos recortes en el gasto público, los cuales, en términos reales, han sido del 25,1 % (mientras que el PIB real se ha desplomado un 20,7 % desde entonces). Mientras tanto, la población se ha visto obligada a gastar más en términos relativos, con mayores cargas tributarias, a pesar de la devaluación interna que ha reducido sus salarios reales: el impuesto a las corporaciones pasó del 20 % al 26 %, el de la renta del 40 % al 46 % y en la más reciente unificación, el IVA quedó en un 23 %, cuando en 2009 era del 19 %. Esto solo ha logrado que la población se haga cada vez más dependiente de un Estado de Bienestar que cada vez responde menos a las necesidades de la ciudadanía. Mientras la población no pueda subsistir per se, desde la iniciativa privada, será imposible que la economía griega peleche.

Grecia debe optar por ciertas medidas que potencialicen su productividad y le permitan salir del estancamiento. Deberá seguir en el Euro, permitiendo la circulación de otras divisas fuertes en su economía. Debe reducir sus impuestos drásticamente, como lo hizo Japón a mediados del siglo XX para salir de su crisis, de manera que los individuos tengan un mayor margen de ingreso para inversión y consumo. Se deben emprender las reformas pertinentes con seriedad (las cuales solo se aplicaron correctamente durante el periodo 2013-2014, durante el cual, el déficit público, que iba en aumento, se redujo en un 9 %, el desempleo bajó y la economía comenzó a crecer). Se deben reducir las trabas a la actividad económica, con un progresivo desmonte de las estructuras burocráticas, la eliminación de privilegios, la flexibilización del mercado laboral, entre otras.

Una ciudadanía menos asfixiada tributaria y burocráticamente, con una mayor libertad para escoger y tomar sus decisiones, será la que reivindique la confianza e impulse la economía griega. Programas como el de Syriza, no hacen más que abrir un hueco para tapar otro, atando a los ciudadanos a un Estado parasitario e ineficiente, en un espiral de gasto ad infinitum y de endeudamiento impagable que prolongará la crisis por muchos años más.

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