¿Es la ONU la respuesta a las necesidades de una sociedad libre?

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Por: Daniel Andrés Salamanca-Pérez

Algunos hechos de actualidad como la aparición del sangriento Estado Islámico, la reactivación del uso de la fuerza en el conflicto entre Israel y Palestina y la crisis en Ucrania invitan a reflexionar sobre cómo funciona el sistema interestatal que fue establecido luego de la segunda posguerra mundial. Lo primero que se debe decir sin dubitación alguna es que aunque la ONU tiene como propósito mantener la paz internacional (y la seguridad) hay muchas razones que le impiden cumplir con dicha tarea.

En primer lugar, la Asamblea General es más bien un órgano débil que a pesar de las buenas intenciones de algunos de los Estados miembros, no tiene ningún impacto en la vida cotidiana. La cuestión de la obligatoriedad de sus resoluciones hace que todo el esfuerzo que se emplea en la adopción de una resolución sea inútil a menos de que haya un compromiso real de los Estados – que siempre será discrecional – para su cumplimiento.

Así mismo, el déficit democrático del Consejo de Seguridad es muy desalentador. La distinción entre miembros permanentes y no permanentes y sus respectivas prerrogativas parece estar justificado más en razones hegemónicas y en una suerte de Siegerjustiz (“justicia del vencedor”) que en la necesidad de que los cinco miembros permanentes sean los actuales o tan siquiera que deban seguir siéndolo.

El ascenso de doctrinas como la de R2P (Responsabilidad de proteger) también parecen muy sospechosas. Algunos sentimos que con la estructura actual de la ONU es posible instrumentalizarla – si es que no lo ha sido ya – solo para profundizar la posición hegemónica y la relevancia de algunos Estados históricamente importantes y al mismo tiempo termina imposibilitando que los pueblos tomen su destino en sus propias manos.

Ciertamente la guerra y sus atrocidades son trágicas y nadie – incluyéndome – las quiere, pero suceden por una razón y por lo que hemos visto hasta el momento, no muchas – si es que alguna – de las intrusiones armadas de la ONU han ayudado a resolver los profundos problemas que dieron paso al surgimiento de estos conflictos. Parece más productivo que las partes directamente involucradas con estos problemas asuman la responsabilidad de resolverlas para que se puedan hallar soluciones de largo plazo.

En lo referente al tema de Derechos Humanos, a título personal considero que la coexistencia de órganos de tratado y extraconvencionales es un impedimento para abordar las situaciones efectivamente, pues a veces hay solipsismos en el trabajo de estos mecanismos a veces redundantes. Tal duplicidad puede ser un uso ineficiente de tiempo, dinero y recursos humanos en el que el único resultado es una decisión lista para enmarcar y colgar en la pared.

En todo caso no todo lo que se refiere a la ONU es decepcionante. Uno de  los experimentos que parece haber prescindido de obstáculos como el déficit democrático o la disparidad de los miembros del mismo, y al tiempo tiene un enorme y pesado sistema de presión de pares que hace real el cumplimiento de las obligaciones y compromisos internacionales, es el EPU (Examen Periódico Universal) en el que todos los Estados atraviesan el mismo escrutinio aún con la participación de varios actores internacionales incluyendo al que tal vez sea el más importante: la sociedad civil. Así mismo el establecimiento de los tribunales híbridos y ad-hoc ha sido un medio para alcanzar justicia – aunque con un cierto grado de arbitrariedad que puede ser discutido en otra columna – sin la pesada carga de la intrusión militar, sea ésta autorizada o no por el Consejo de Seguridad.

La forma en que el sistema actual trabaja no es muy prometedora y no se puede servir a Dios y al Diablo al mismo tiempo: de un lado se promueve la cooperación pacífica de los pueblos con el propósito de avanzar en el bienestar de todos los miembros de una sociedad de individuos libres tratando a los Estados como igualmente soberanos mientras que al tiempo se establece un sistema lleno de absurdos privilegios y disparidades hegemónicas y hasta autoritarias, que suele enredarse en disputas de poder de “los patrones” y que muchas veces resuelve los problemas mundiales recurriendo a un uso intervencionista de la fuerza basado en el mantenimiento de la paz internacional, que no es otra cosa que disfrazar al uso de la fuerza en el ropaje de la ley.

Es cierto que hay amenazas a la seguridad internacional que vienen de diferentes regiones las cuales pueden poner en peligro muchos de los avances de las democracias occidentales, pero aun así si insistimos en lidiar con ellas a través de un enfoque coercitivo presentado como lógica, razón, desarrollo o la obligación de mantener la seguridad internacional no estamos haciendo nada diferente a lo que hicieron la URSS y EEUU, “defensores” de la descolonización, que imponían tiranías cuando les convenía o las viejas potencias coloniales de siglos pasados  – algunas de las cuales son miembros permanentes del Consejo de Seguridad – cuando lidiaron con “los otros” e incluso estaríamos cometiendo los mismos errores que llevaron a mucho del estado actual de los asuntos internacionales.

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